No hay que dejar cosas para después. Después, el café se enfría. Después, el interés se desvanece. Después, el día se convierte en noche. Después, la gente cambia. Después, la gente envejece. Después, la vida se pasa. Después, te arrepientes de no haber hecho eso que pudiste haber hecho cuando tuviste la oportunidad única de hacerlo. La vida es un baile pasajero, un equilibrio de momentos que se desarrollan frente a nosotros; sin repetirse nunca de la misma forma. El remordimiento es una medicina amarga, es un peso que lastra el alma con la carga de las oportunidades perdidas y las palabras no dichas. No quiero dejar cosas para después. Quiero aprovechar cada momento tal como se me presentan, con mi corazón abierto y mis brazos extendidos para abrazar todas las infinitas posibilidades que se me presentan.
Al final no son las cosas que hice de las que más me arrepiento, es de las que no hice, las que dejé a medio camino, las palabras que no dije, los sueños que no seguí.
Quizás yo debería estar ya muerto, quizás esas veces en que estuve cerca eran las que me correspondían. Al final del día no lo fueron, al final sigo acá; pero no sé si hay un mañana, un más tarde, un después. Siento en mis huesos lo efímero del momento, lo transitorio de todo fluye por mis venas y golpea con cada latido. No voy a dejar cosas para después, no voy a dejar que se enfríe el café, no voy a cerrar mis brazos a las oportunidades, no voy a dejar de perseguir esos sueños.